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Siempre ha habido problemas con el orgullo. Y no me refiero a ese pecado, capital para los católicos, que también llaman soberbia y que su iglesia despacha alegremente recurriendo a altas dosis de humildad. Me refiero a que, desde que yo recuerde, siempre ha habido problemas con el orgullo LGTB.
Si estoy equivocado, que levante la mano quien haya estado alguna vez charlando relajadamente y, después de salir el tema por casualidad, no haya notado un pequeño parpadeo en los ojos de algún interlocutor cercano, una breve tos nerviosa, un removerse en el asiento que se asemeja a una minipimer batiendo -con nada de amor pero sí con mucho frenesí- claras de huevo a punto de nieve. Lo malo del asunto es que si tus reflejos están bajo mínimos, acabas escuchando la coletilla: “eso de orgullo…”, que tan claramente me recuerda al restallido del látigo de la Inquisición (o Congregación para la Doctrina de la Fe, que así dicho queda más mono y evita que mi frágil memoria pueda sumar dos y dos).
Sin comerlo ni beberlo, la velada más prometedora corre peligro de irse al garete y de concluir como el rosario de la aurora… de no ser por tu experiencia en tragar bilis y pudrirte por dentro, que logra salvar la situación mediante el uso de tus dotes diplomáticas LGTB, que ríete tú del protocolo de la corte de los Austrias o del encaje de bolillos, como quien dice. Es curioso lo de la diplomacia, ese arte que consiste en no llamar a las cosas por su nombre y en el que, desgraciadamente, llevamos unos cuantos siglos de ventaja al personal sacando matrícula de honor para más inri. A la fuerza ahorcan, que diría alguno o alguna… bueno, vale: y queman y lapidan y más cosas tremendas por el estilo.
El problema de tragar tanta bilis -aparte de poder acabar en el quirófano con una hernia de hiato- es que tu nivel personal de aguante empieza a saturarse. Y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, ya que sale el tema del “orgullo ése”, repentinamente se vuelve hablar de la nueva ley del matrimonio; que si además de ser lesbianas, trans, bi, gais, o cualquiera de sus variantes, ahora además somos guais, vivimos “en un país de fábula…” (que decía la canción) y vamos a ser felices y comer perdices por los siglos de los siglos. Y cuando tu nivel personal de podredumbre está a punto de rebosar, otro te sale con aquello tan rancio de “llevar la banderita” y de que “a nadie le importa un pimiento lo que haga cada uno en la intimidad de su casa”.
Tratando de que tu sistema nervioso no entre en DEFCON 1, intentas tranquilizarte en el ambiente. Craso error. Un escalofrío te recorre la médula cuando escuchas que Fulanito no quiere saber nada de Menganito no porque tenga una belleza picassiana, no porque ni siquiera sepa hacer la ‘o’ del orgullo con un canuto, no porque sea un canalla redomado; simplemente porque… tiene pluma, “se le nota”. Y claro, todo tiene un límite.
Así que, volviendo al orgullo LGTB y a esa velada que creías haber salvado, lo que quizás en otra oportunidad se hubiese solucionado con un discreto ninguneo, con un comedido bloqueo auditivo e incluso con un churrigueresco efecto de estilo tal que Parafraseando a la inconmensurable Gloria Gaynor: “Soy lo que soy, y lo que soy no requiere justificación”, una vez sobrepasados todos los límites de aguante imaginables tu voz deja de ser tu voz… ¡qué digo! Tú mismo te conviertes en un torrente de rabia, mala baba y palabrería zafias que ya hubiese querido el Vesubio, ya, haber podido vomitar en su día sobre Pompeya. La diferencia es que, en vez de tener a tus pies una gloriosa villa romana, tienes enfrente a una serie de personas, incautas y confiadas ellas, que no sabían que habían sido llamadas a contemplar el inusual pero subyugante fenómeno natural que supone la explosión de ira LGTB en su máximo esplendor (y que me perdonen mis amigos y amigas ortodoxos sobre la carga de identidad que supone esta última frase).
En definitiva, como no soy quién para hablar en nombre de nadie más que en el mío propio, transcribo lo que han producido años de bilis tragada, almacenada y podrida; todo lo que durante años de mal llamadas buenas maneras les ha servido a los homófobos de escudo de protección para que no hayan tenido nunca que enfrentarse ni a las consecuencias de sus palabras ni de sus actos. Y comoquiera que, a fin de cuentas, son tan cobardes que serían incapaces de enfrentarse a una respuesta de tal calibre (sólo hicieron lo que hicieron sabiéndose respaldados por todo un entorno y una sociedad igual de homofóba que ellos) les dedico las siguientes líneas con mucho frenesí y con mucho amor, a mí mismo, claro.
Me ahorro, eso sí, una serie de insultos intercalados en el discurso y que vosotros no tenéis por qué aguantar, aunque a uno le sirvan para hacer una limpieza general de su karma, como si Mary Poppins acudiese al rescate y te ayudara a ordenar tu habitación con un poco de azúcar.
“¿Orgullo? Sí. Con todas las letras. Orgullo es lo que siento por estar aquí hoy. Vivito y coleando. Incluso con pluma si lo requiere el caso. O con ella siempre, mira tú por dónde, que quizás os toque más la moral. A pesar de todos los que hicisteis de mí la broma fácil y el chiste del éxito seguro. Porque, aunque os repatee y os reconcoma los higadillos, he sobrevivido. Sí, ¿por qué no decirlo? Soy un superviviente.
Un niño que perdió la inocencia el día en que se convirtió en el mariquita de la clase, aunque no supiera a qué os referíais; al que enviaron al psicólogo porque no se relacionaba con sus compañeros que le insultaban día sí y día también; al que enterrasteis e hicisteis madurar a marchas forzadas sin ni siquiera proponéroslo.
Un adolescente obligado a sobreexplotar su sistema nervioso, a tener ocho ojos, a estar siempre alerta, a no bajar la guardia; obligado no ya a reprimir sus impulsos sexuales y sus sentimientos, sino a desconectarse de ellos para intentar no sufrir más, aunque sólo provocase lo contrario; obligado a construirse una coraza, a aparentar ser como los que más odiaba; un niño que podía haber tenido una adolescencia gloriosa, pero que por miedo decidió mimetizarse con el paisaje, perder brillo y volverse gris, invisible para que nadie se metiese con él.
Un adolescente que, sin darse cuenta, os siguió el juego y cayó en vuestra trampa de creer que no se merecía nada, de creer que tendría que ganárselo todo a pulso; condenado a estar solo porque pensaba que no existía nadie como él, porque nunca vio en la calle a alguien que pudiese tomar como referente. Un adolescente, en suma, que tuvo que desmontarse y volverse a montar sin la seguridad que daba tener el plano de instrucciones Lego que todos parecíais llevar bajo el brazo; siempre con el temor a dejarse en el camino alguna pieza o a acabar mal construido.
Un veinteañero al amparo de nuevos amigos que entraron en su vida como un viento fresco que oreaba habitaciones mal ventiladas, que salió del armario como pudo, que tuvo que lidiar con una familia que le recriminaba de repente su falta de sinceridad pero que debía dar gracias al destino porque no le pusieran de patitas en la calle. Al que le arrebatasteis la posibilidad de expresar su cariño en público (no creo que deba recordaros que vosotros habéis sido incapaces de guardar esa intimidad que tanto me pedíais) y que, cuando pudo hacerlo, tuvo que enfrentarse a fantasmas que él mismo se había creado.
Un veinteañero con una nueva conciencia política, que asistía a manifestaciones del 28J de apenas un par de miles de personas, que se indignaba y discutía hasta el amanecer cuando veía a gais y lesbianas con una homofobia tan interiorizada que ni ellos mismos eran conscientes de la misma. Un veinteañero que acudió a una boda en familia y que se dio cuenta al llegar que era el único con pareja que tuvo que ir solo, aunque tuviese novio desde hacía años e incluso hubiesen comprado una casa juntos.
Un treintañero que aprendió a vivir en pareja y que creyó que lo había conseguido; que tuvo que hacer frente a una separación; que tuvo que detener su vida tres años pues su ex-novio le embarcó en un proceso legal lleno de amenazas por el asqueroso dinero; que gracias a vuestros valores, esos de los que tan orgullosos estáis y que nunca habéis creído ni querido que fuesen de nadie más, se creyó el cuento de que ser la chacha del otro 24 horas al día supondría compensar su menor renta económica; y que en vez de sacar toda su bilis acumulada, intentó seguir adelante, como si no hubiera pasado nada, intentado olvidar siete años de su vida. A fin de cuentas, durante años le habíais enseñado a obrar de esa forma.
Sin embargo, se acabó el sentir lástima por uno mismo, sentimiento que os habéis empeñado en alentar. Ahora por fin todo es distinto. Nunca es tarde si la dicha es buena. Y mi dicha es mi orgullo. Y mi orgullo, vuestra derrota. Pero ¡ojo!, no un orgullo de un solo día; un orgullo diario, de siete días a la semana y 365 días al año.
Porque me lanzasteis a un campo de batalla sin yo quererlo y los años me han enseñado a luchar en vuestro terreno y con vuestras armas. Porque ahora que vais de buen rollito demócrata, no me sale de la entrepierna seguiros en vuestro discurso de “ahora sí que somos iguales porque te dejamos”; porque lo de “todos a una” me recuerda demasiado al todavía reciente “una grande y libre”, con esa equivocada idea de unidad que lo que busca nuevamente es tenerme adiestrado y asintiendo con la cabeza vuestras peregrinas ideas que responden a estúpidos estereotipos y que quién sabe cuándo volverán a cambiar; porque, obligado durante años a sentirme diferente, ahora no sé si soy gay, homosexual, marica, invertido, pecador, sodomita, una manzana, una pera o incluso un plátano revenido. Lo que sí tengo muy claro es que no soy como vosotros. Gracias, pero no.
Porque habéis logrado que saque mi mala baba y que os deje la cara mucho peor que si os hubiese lamido Scooby Doo durante dos horas seguidas. Porque ya no tengo nada que perder y sí todo por ganar. Porque veinticinco años después de oírlo por primera vez, seguís contando el mismo chiste del jabón en las duchas del gimnasio, no sé si por falta de ideas o movidos por inconfesables deseos y, chicos, ya cansa; porque esto y otras cosas más hacen que os mimeticéis con el paisaje y que carezcáis de la más mínima importancia; porque ahora sé que me lo merezco todo y que, si no lo tengo, no es porque no me haya esforzado lo suficiente, sino porque vosotros estáis empeñados en no dármelo.
En definitiva, y mirándolo en perspectiva, parecéis niños que siguen sin aceptar pulpo como animal de compañía y que parecen estar dispuestos a llevarse el tablero de juego a las primeras de cambio… Por favor, ¡hacedme el favor de madurar!”
Saludos
Carrington
http://www.dosmanzanas.com/index.php/archives/5378#comment-259542
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detalletxo batzuk etzaizkit gustatu baina testua sekulakoa da.

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Aupa zu! Aupa zure borroka! Behera zapaltzieleak! Koldar horiek ezin izango dute gurekin!!
jonjox | 2008-06-16 - 21:03:08 GMT 2 #